Protagonistas: Draco, Sirius
Resumen: Draco Malfoy se une a la misión de rescate en el Ministerio de la Magia, sin embargo, sus motivos no son nada nobles. Cuando su plan se sale de control y se ve obligado a vivir en una tierra desconocida, sólo puede contar con la ayuda de la persona menos esperada, Sirius Black.
Es así que Draco y Sirius se ven envueltos en una leyenda de la Inglaterra medieval, donde se encuentran cara a cara con el temible Bealux.
Rating: PG-13
Disclaimer: El mundo de ‘Harry Potter’ pertenece a J. K. Rowling.
Nota I: Bealux suena ‘Bilucs’.
Nota II: La premisa del fic es ‘¿qué habría pasado si los chicos hubiesen intentado escapar de la Brigada Inquisitorial como lo hicieron en la quinta película?’
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El Reinado de Bealux
Parte Uno
Draco Malfoy era experto en cuatro cosas: realizar Pociones, sentirse superior, aprovecharse de las situaciones y comer dulces. Si Weasley creía que podía engañarlo, estaba muy confundido. Dulces… Draco sabía mucho sobre ellos y con tan solo ver la caja de bombones que el pelirrojo señalaba, supo que esos dulces estaban alterados. Pero como lucían realmente deliciosos, quiso cerciorarse y por eso tomó uno con escépticos dedos para luego observarlo con los ojos entornados. Ninguna clase de chocolate olía de esa manera. Sí, era un aroma bastante ‘real’ pero Draco estaba seguro de que había algo raro en él.
Además, Umbridge nunca comía bombones, a ella le gustaban las masitas secas. De seguro eran dulces confiscados y, por lo tanto, peligrosos.
Satisfecho consigo mismo por ser tan brillante, Draco observó a Weasley y le dijo:
—Tu patético intento por escapar da más lástima que tu
prehistórica túnica.
A su lado, Gregory y Vincent profirieron las tontas risotadas que tanto los
caracterizaban. Draco pensaba que lucían como dos gorilas idiotas[,] pero eso estaba bien, así su superioridad era aún
más evidente.
Ahora, él era Potter, él tenía el control y no había nadie que pudiese impedir que se saliera con la suya.
—Dime, Weasley. ¿Es verdad que tú y tus hermanos comparten el cepillo de dientes?
Una vez más, sus dos regordetes amigos se rieron como bufones. Weasley, por otra parte, se puso colorado y Draco sonrió al ver sus orejas. Realmente era fantástico tener esa clase de poder y saber exactamente qué decir para mortificar al muchacho.
Estaba planeando cómo molestar a los Gryffindors y a la loca de Ravenclaw cuando la puerta del despacho se abrió, dándole paso a Potter y a Granger, que[,] para disgusto de Draco, parecían haberse liberado de Umbridge. Aunque, mirando el lado bueno, pensó el Slytherin, al menos habían salido lastimados.
—Potter, Granger. ¿Decidieron hacerles compañía a sus amigos? —preguntó, apuntando al chico con la varita y rezando por que le diera una razón para hechizarlo—. ¿Dónde está Umbridge?
—Tuvo que ir de urgencia al Ministerio —respondió Potter, con esa clásica y evidente manera de mentir.
—Ya le mostramos el arma de Dumbledore y le dijimos que creemos que él está en el Ministerio —arriesgó Granger—. Sabemos todo, Malfoy. Sabemos lo de Sirius y Dumbledore también lo sabe.
Draco, entonces, perdió la seguridad que había estado sintiendo. Su padre le había dicho que esa noche sería triunfal, que el Señor Oscuro por fin perdonaría sus errores. Pero si Dumbledore conocía el plan, entonces las cosas no serían tan sencillas. Verdaderamente despreciaba al viejo hombre pero no era tonto y sabía que, viejo o no, Dumbledore era en extremo poderoso. Y, a su pesar, también sabía que su padre no tenía posibilidades de ganar una batalla con Dumbledore como guerrero enemigo.
Granger lo observaba en silencio, suspicazmente, y en ese momento, Draco sospechó que todo lo que le había dicho era una mentira pero luego miró a Potter, que lucía ansioso como de costumbre. Sin importar que fuese verdad o mentira, tomó una decisión: no iba a sucumbir y a dejarlos ir.
—No saldrán de esta habitación hasta que vuelva Umbridge.
Potter posó su mirada en los ojos de Draco.
—Si me ayudas, te doy mi capa.
Draco sabía perfectamente de qué capa hablaba Potter y lo cierto era que siempre había querido una así, desde mucho antes de Tercer Año, cuando supo con seguridad que Potter poseía una.
—Y tu escoba —respondió.
—Está bien —le dijo el moreno. Lentamente, caminó hacia el escritorio de Umbridge y palpó la superficie. Tras unos segundos, Potter suspiró y elevó un poco su mano, como sosteniendo algo. Draco sonrió y luego Potter dio la vuelta la tela, dejando a la vista el lado no diáfano de su Capa de Invisibilidad—. Es tuya.
Sí, sin duda, Draco era experto en aprovecharse de las situaciones. Achicó la capa y la guardó en su bolsillo. Ahora, lo que tenía que hacer era ir al Ministerio con Potter y luego entregarlo al Señor Oscuro. También podría advertir la llegada de Dumbledore, quien no podría hacer nada, a no ser que quisiera que el secuestrado Potter muriera a manos del Señor Oscuro o sus Mortífagos.
Y así sería el nuevo héroe. El Señor Oscuro perdonaría a su familia y todo sería perfecto.
Asintió y luego se dirigió a Vincent y a Gregory:
— Átenlos.
Los dos muchachos se miraron el uno al otro para después empezar a buscar una soga de manera torpe. Exasperado, Draco pensó que más inútiles no podían ser.
—¡Funisdra! —exclamó, apuntando a Weasley con su varita. A continuación, unas delgadas sogas se enroscaron alrededor del cuerpo del muchacho, dejándolo inmóvil—. Haz lo mismo con los otros tres —le ordenó a Vincent y luego añadió—: Granger, Potter, Goyle y yo nos vamos. Vigila a todos y si vuelve Umbridge, dile que Potter me obligó a ir con él.
A pesar de que lucía un poco confundido, Vincent asintió rápidamente.
Draco puso los ojos en blanco.
—Sólo no dejes que salgan de la habitación y...
—Yo tengo que ir, también —lo interrumpió Longbottom.
—¿Tú? ¿Acaso quieres arruinar todo el plan? —inquirió Draco, con voz fría y burlona. Pero la verdad era que no tenía un plan. Solamente sabía que necesitaba a Potter para entregarlo al Señor Oscuro, a Gregory para que golpeara a Potter si éste intentaba escapar y a Granger para que descubriera la manera de llegar a destino sin que los detuviesen en el camino. Weasley y los demás se convertirían en un estorbo.
—Vamos —ordenó, apuntando con su varita a Granger para que se acercara al hogar en llamas. La muchacha era inteligente pero no temeraria. Draco dudaba que intentara ir a otro lado, siendo que la varita le estaba apuntando al rostro.
Pero Potter era otro tema y Draco estaba segurísimo de que intentaría hacer algo tonto para huir y salvar a Sirius Black. Entonces, supo que sólo tenía una opción—. Ven aquí.
Potter se aproximó a él lo suficiente para que el hechizo de Draco funcionara. Al decir ‘binimanicas inice’ unas esposas se aferraron de las muñecas de ambos. La expresión de Potter fue un regalo de Navidad adelantado para Draco.
— Así no podrás escapar —anunció, socarronamente—. Tú primero, Granger… No, espera. Goyle, ve tú. Di ‘Ministerio de la Magia’.
El muchacho le hizo caso a Draco y, momentos más tarde, con la varita del Slytherin apuntándole al pecho, Granger articuló el mismo destino y desapareció entre las llamas verdes provocadas por los Polvos Flu.
Ahora, Draco y Potter se acercaron al hogar, incómodos por estar esposados, y después de que Draco arrojara más Polvo Flu al fuego, entraron en las llamas y dijeron el destino al mismo tiempo. Una milésima de segundo antes de oír las palabras deslizarse por los labios de Potter, Draco temió que el imbécil con complejo de héroe dijera otro lugar. Si eso hubiese pasado, ¿los habría enviado la chimenea a distintos lugares, haciéndole perder el brazo? Draco tragó saliva. La idea de las esposas no era tan maravillosa como había creído.
Cuando por fin pudo ver con claridad y salió de la chimenea, observó a su alrededor: estaba en el Atrio del Ministerio. Granger se encontraba a unos pasos de distancia, siendo vigilada por Gregory.
Los cuatro dedicaron unos instantes a prestar atención al lugar. Todo parecía estar bien. El techo continuaba siendo azul oscuro y la lujosa fuente de oro estaba intacta. Pero, ¿por qué estaba todo tan desierto?
—Es por aquí —anunció Potter, empezando a caminar hacia la derecha, arrastrando a Draco con él. Llegaron a un corredor y tras atravesar unas puertas doradas, pudieron ver los elevadores.
Ingresaron los cuatro juntos y Draco tuvo que agradecer que el elevador fuese mágico, de lo contrario, la masa corporal de Gregory los habría aplastado.
Potter presionó el botón ‘Nueve’ y el chirriante ruido del elevador se apoderó del Ministerio. ¿Cómo era posible que nadie los oyera?
Estaba poniéndose nervioso pero después pensó que quizás todo esto era parte del plan y que su padre estaba bien. No había razón para pensar que toda la gente de seguridad estaba matando Mortífagos en alguna otra parte del Ministerio.
—Departamento de Misterios —comunicó una voz femenina cuando el elevador se detuvo.
Potter y él salieron al pasillo, cautelosos pero al igual que en el Atrio, no había gente a la vista.
—Es ahí. Malfoy, necesitaré mi varita —le dijo Potter, intentando sonar amable porque sabía que un Draco enojado con dos varitas no podía ser un buen augurio—. Además, ¿no crees que es incómodo? —añadió, alzando un poco la mano esposada.
—No, no lo creo —le respondió Draco, sonriente. Estar al mando era fantástico. Potter estaba a su completa merced. No obstante, estaba preocupado por la actitud de Granger. ¿Por qué lucía tan impasible?— Granger, tú ve primero.
—Siempre tan valiente —contestó la chica, poniendo una mano en el hombro de Potter para impedirle ir en su lugar.
Pero no había de qué preocuparse, pues tras la puerta se hallaba una espaciosa sala circular de color negro. Al igual que las paredes, todo allí era de ese mismo color. Lo único que cortaba con la monotonía eran las azules llamas de los candelabros que al ser reflejadas en el suelo, daban la sensación de que éste era un enorme y oscuro lago.
Había unas doce puertas sin manija ni cerrojo y para desgracia de Draco, eran todas exactamente iguales.
—Mi padre me ha hablado sobre este lugar. Querrá confundirnos. Goyle, cierra la puerta.
Gregory pestañó y luego cerró la puerta por la cual habían entrado. Potter estaba a punto de decir algo, cuando las paredes de la sala radial comenzaron a moverse. La velocidad aumentaba con cada segundo y Draco sólo podía ver una atenuada estela azulada, causa de las llamas de los candelabros. Escuchó a Granger acercarse a Potter y giró un poco la cabeza para ver que la chica sujetaba a su amigo del brazo, asustada.
Repentinamente, las paredes se quedaron quietas y Draco tragó saliva al percatarse de que no tenía idea de cuál era la puerta por la cual habían entrado. Para hacer la situación aún más irritante, la sala se veía más oscura que nunca.
—Bueno… Tal vez deberíamos regresar —empezó a decir pero Potter lo interrumpió.
—No nos iremos sin Sirius, así que, cállate la boca, Malfoy.
—¿Olvidas quién tiene las varitas aquí?
—¿Quieres alguna recomendación sobre qué hacer con ellas? Si vas a atacarme, hazlo ahora y sino, cállate y abre la puerta.
Draco odiaba que le dieran órdenes pero Potter tenía algo de razón, ya que las puertas sí tendrían que ser abiertas en algún momento para encontrar la salida. Tomó aire y empujó la puerta que tenía a su derecha; ésta se abrió sin dificultad. Al principio, le pareció ver miles de luciérnagas pero al ser arrastrado por Potter adentro de la habitación, notó que no eran insectos sino planetas muy pequeños flotando en el aire. Cuando los cuatro se hallaron dentro de la sala, la puerta se cerró tras ellos y la única luz presente era la emitida por los diminutos cuerpos celestes.
Observando el lugar con asombro, Draco se preguntó qué tan grande era esa habitación realmente, puesto que no podía ver paredes y parecía infinita. Comenzó a caminar hacia delante pero sintió que alguien lo tomaba del brazo.
—No, si nos movemos no podremos encontrar la salida —le dijo Potter—. Además, éste no es el lugar. Sirius no está aquí.
‘¿Y a quién le importa Sirius?’ se preguntó Draco. No obstante, era cierto que si avanzaban, se perderían y no lograrían salir de allí.
Retrocedieron unos pasos y Gregory abrió la puerta de la habitación. Regresaron a la sala circular y antes de que Potter cerrara la puerta, Granger chilló:
— ¡No! ¡Espera!
Potter se quedó inmóvil por un segundo.
—Malfoy, apunta a la puerta y di ‘flagrate’. Así sabremos que ya la abrimos.
Draco también odiaba que Granger pensara las cosas antes que él. De mala gana, le hizo caso y una furiosa cruz se marcó en la superficie negra.
—Tenemos que abrir otra —. Potter cerró la puerta y en ese momento, las paredes comenzaron a girar una vez más, trayendo con ellas un insoportable ruido y la llamarada azul que conspiraba contra sus vistas. Cuando por fin se quedó inmóvil, Potter abrió otra puerta.
Los cuatro reaccionaron de la misma manera al ver el interior de esa sala azul: se asustaron. Mirándolos fijamente, cuatro réplicas de ellos mismos se encontraban tras la puerta negra.
—Acérquense —dijo el Potter de la sala azul pero su voz no sonaba natural.
—Cierra la puerta —rogó Granger, con la respiración agitada.
Draco también respiraba exaltado y a pesar que se moría de curiosidad por saber qué estaba sucediendo con esa sala, marcó la puerta y la cerró con rapidez.
Esta vez, la sala circular no giró sino que se empezó a modificar hasta convertirse en la sala azul que acababan de ver.
—No… No, no. Estamos adentro —susurró Granger—. Nos encerraron—. Se aferró del brazo de su amigo, sumida en pánico.
—Tranquilízate. Nosotros no entramos en la habitación —le dijo Potter—. La sala quiere confundirnos pero nosotros sabemos que no entramos, así que, no podemos estar adentro.
—No seas ingenuo, Potter. No estamos en una casa del terror Muggle. Es magia, no necesitamos entrar a la habitación para estar adentro —anunció Draco, exasperado, mirando hacia todas partes, intentando encontrar una puerta.
—¿Cómo sabemos que nosotros somos nosotros? —preguntó Gregory, observándose las manos—. Capaz seguimos afuera y nosotros somos los de la habitación azul. Y siempre estuvimos aquí.
El silencio fue su respuesta.
—No. Nosotros somos nosotros y la sala circular quiere confundirnos. Eso es todo —volvió a decir Potter pero no logró convencer a Draco, quien ahora dudaba de su propia existencia.
—Tienes razón —. Granger respiró hondo—. No nos movimos. Tienes razón. Es… un espejo... Hay una leyenda nórdica sobre una ciudad llamada Muluceps. Cuando la gente llegaba a la ciudad, se veía a ella misma pero en realidad era un espejo. Y quedaban atrapados en ese espejo —. Realizó una pausa y entrecerró los ojos—. Lo que sucedía en el espejo no era real y sus cuerpos yacían inmóviles en las puertas de la ciudad hasta que unos demonios, los Vôrax, les quitaban las almas. El espejo era sólo una trampa para atrapar a sus víctimas.
—¿Dices que nos quitarán las almas? —inquirió Gregory, asustado.
—No, sólo quieren engañarnos. Esto no es real, estamos adentro de un espejo.
—¿Y cómo salimos? —Potter estaba impaciente—. Tenemos que salir ahora o será demasiado tarde y Sirius… Hermione, ¿cómo salimos?
La chica movió la cabeza de un lado al otro.
— No lo sé —susurró, apenada—. No lo sé.
—Con oscuridad —farfulló Draco, de pronto—. Sin luz no hay reflejo.
Granger, entonces, sonrió—. Es cierto. Y en realidad el reflejo en sí no existe, es sólo una ilusión óptica, una copia virtual de la realidad. Si no hay luz, el espejo no puede reflejar los objetos y si nosotros no vemos, tampoco podemos ver esa ilusión óptica.
Draco asintió y, alzando su varita, exclamó:
— Perpetunoctis.
La sala se sumió una tiniebla tan profunda que no se podía ver absolutamente nada.
—Cierren los ojos —masculló Granger.
Lo cierto era que no era necesario cerrarlos, puesto que no se veía nada pero si la idea tenía una mínima posibilidad de funcionar, tenían que echar todas las cartas sobre la mesa. Draco bajó sus párpados y se mantuvo quieto durante unos instantes. Todos estaban tan nerviosos que sus respiraciones se habían vuelto sorprendentemente audibles. Con la excepción de la de Potter, maldito Gryffindor, siempre parecía tan relajado. ‘Vas a morir, Potter’. ‘Oh, de acuerdo, no me asustaré y seré valiente hasta el final’. Imbécil.
No tenían verdadera noción de cuánto tiempo había pasado pero, de seguro, no había sido más de dos o tres minutos. Aún así, Potter parecía no querer perder tiempo.
—¿Ya está? —preguntó sin dirigirse a nadie en particular.
—Supongo que sí —le contestó Granger.
Los cuatro abrieron los ojos casi al mismo tiempo y para tranquilidad de todos, se encontraban en la sala negra y circular. La puerta que Draco creía haber marcado con una cruz era ahora un espejo roto.
—Malfoy, no sabemos qué hay detrás de las demás puertas. Necesitaré mi varita… y que me sueltes —. Potter le habló casi con amabilidad pero Draco no era engañado tan fácilmente, sabía que sólo lo trataba bien porque, de lo contrario, jamás lo soltaría. Pero había que pensar en el futuro, era cierto que las salas tras las puertas podían ser peligrosas y lo mejor sería que alguien más estuviese armado. Suspirando, deshizo el encantamiento de las esposas y luego le entregó su varita a Potter.
—Goyle, dale tu varita a Granger—. La muchacha lo miró sorprendida —. No te entusiasmes, sangresucia, no lo hago por ti. Sólo quiero estar seguro de que alguien más útil que él y que Potter estará armado en caso de que pase algo.
—Claro. No esperaba más de ti —le respondió ella, sin demostrar un verdadero ápice de fastidio.
Potter estaba inquieto, recorriendo las puertas con la mirada, una y otra vez.
—Hemos perdido mucho tiempo y puede ser cualquiera —se quejó—. Lo mejor será que se queden aquí y yo entraré.
—No —dijo instantáneamente su amiga—. No irás solo.
—Además, yo doy las órdenes —recalcó Draco. De ninguna manera podía dejar que Potter se fuera, aún debía esperar la llegada de los Mortífagos para poder entregarlo.
—Ya no —. Potter lo miró fijamente con ojos de un verde brillante y furioso—. Tu reinado acabó, Malfoy. Vienes con nosotros o te quedas aquí, no me importa. Pero yo seguiré abriendo puertas hasta encontrar a Sirius—. Y tras eso, se acercó a una nueva sala.
Con la puerta abierta y sin entrar, lo único que se podía ver era… un cielo nublado.
—No es aquí —dijo Potter pero antes de que pudiese cerrar la puerta, Draco se coló por el marco de la misma y entró en la habitación.
—No puedo creerlo. Existen —dijo el Slytherin, boquiabierto. No podía ver el suelo que estaba pisando pero no le importaba, la idea de flotar era aún más interesante. Las nubes lo rodeaban, mas ninguna llegaba a tocarlo—. Deberíamos entrar a alguna.
—¿Entrar a dónde? —preguntó Potter, irritado—. Ya sal de ahí. No tenemos tiempo que perder.
—Son maravillosas —fue la respuesta de Draco.
Potter, entonces, suspiró y entró a la habitación.
—Son nubes. Las verás luego, en el jardín de tu mansión. Ahora tenemos que irnos.
—¿Nubes? ¿Nubes, dices, Potter? ¡No son nubes! Son puertas —exclamó Draco, maravillado, luchando contra la tentación de entrar a alguna de ellas—. Son puertas a otros mundos.
—Sí y eso es genial, fantástico pero nos tenemos que ir—. Potter lo sujetó de un brazo con fuerza y lo arrastró fuera de la habitación. Marcó la puerta con una cruz y luego la cerró. A continuación, después de que las paredes giraran, abrió una nueva puerta y al entrar, todos se encontraron en lo que parecía ser un anfiteatro.
A diferencia de las otras habitaciones, ésta era toda de piedra y no había nada espectacular en ella. Draco posó su vista de inmediato en un arco de piedra con un velo negro. Era… hermoso, intrigante, perfecto. Caminó lentamente hacia él pero Potter lo sujetó de la muñeca y lo detuvo.
—Es… hay algo. ¿Sirius? —preguntó el muchacho y su voz hizo eco en toda la sala—. ¿Sirius, estás ahí?
—Harry, no hay nadie ahí. Vayámonos de aquí. Ahora —suplicó Granger.
Draco no les prestaba atención, pues todos sus sentidos estaban enfocados en el hermoso velo que se movía como si alguien lo hubiese recién atravesado. Él quería ser ese alguien, quería ver el otro lado del velo.
De manera súbita, se comenzó a escuchar un rumor de voces que se oían lejanas. Draco no lograba comprender qué decían pero sabía que le hablaban a él.
—Hay gente —dijo Potter.
—No, Harry, no hay gente. Vamos, no debemos estar aquí. Esto está mal.
Pero Potter tampoco escuchaba a su amiga y, al igual que Draco, comenzó a acercarse al velo lentamente.
Era tan bello que Draco deseó poder tocarlo. ¿Qué habría tras él? Era esa incertidumbre lo que hacía que sintiera aún más deseos por atravesarlo y entender qué decían las voces. Sabía que si caminaba a través él, probablemente, jamás podría regresar pero la atracción era más poderosa que su fuerza de voluntad.
—¡Draco, no!
La voz de su padre.
Draco sacudió un poco la cabeza, como saliendo de un trance, y miró hacia la derecha del anfiteatro. Su padre y nueve servidores del Señor Oscuro estaban parados allí.
—No te muevas —le ordenó Lucius y Draco asintió, quedándose quieto en el lugar—. Ahora, Potter. Basta de juegos. Vendrás con nosotros.
—¿Dónde está Sirius? ¿Qué hicieron con él?
Una estridente risa de mujer inundó la sala.
—Sirius está en tus sueños, pequeño sangresucia. Vendrás con nosotros.
—No —se resistió Potter—. No haré nada hasta que me digan dónde está. ¿Dónde lo tiene Voldemort?
La mujer se arañó la mejilla y luego cerró los puños con fuerza.
—¡Te atreves a decir su nombre! —escupió, con furia—. Nadie… Lo pagarás muy caro —. Alzó su varita pero antes de poder atacar, Lucius la detuvo.
—No, lo necesitamos vivo.
—No planeaba matarlo —respondió la mujer, con una malévola sonrisa en su sombrío rostro.
Cuatro Mortífagos comenzaron acercarse a Potter y éste, junto a su amiga, levantó su varita.
Draco no podría haber estado menos interesado. Un gran espectáculo de luces se desató en la sala y él aprovechó la confusión para continuar acercándose al velo.
Estaba tan solo a unos pasos cuando oyó una voz a sus espaldas y le pareció que era la de su padre. Giró levemente la cabeza y vio que Lucius se estaba acercando a él, cuando fue interceptado por un hombre de color, cuyo nombre no lograba recordar. Parecía que había llegado más gente a la sala. Sabía que debía ayudar a su padre pero no podía, el velo lo estaba llamando. Debía detenerse, debía ayudar a su padre, debía entregar a Potter, debía alejarse del velo… Pero no lo hizo.
“Ven” le susurraba la tela. Por fin podía Draco entender lo que las voces decían.
“Ven y serás inmortal.”
“Acércate.”
“Vivirás por siempre.”
Draco siempre había anhelado ser perpetuo. Una vez incluso había tenido la osadía de pensar que ser vampiro podía ser bueno. Su padre, sin embargo, le había hecho desterrar semejantes ideas de su mente.
“Ven,” volvió a decir una voz fría y potente. Draco ya se encontraba tan cerca, tan solo unos pasos y sería inmortal.
Estiró su brazo pero antes de tocar el velo, oyó una vez más la voz de su padre:
—¡No te muevas!
Pero Draco lo ignoró y se decidió a dar el paso final.
Y no pudo. Potter lo estaba sujetando del brazo. Por intentar salvarlo, el moreno fue impactado por una luz roja que lo impulsó hacia atrás. Libre de todo obstáculo, Draco atravesó el velo.
Lo último que escuchó fue el desgarrador grito de su padre.
El Reinado de Bealux
Parte Dos
Al comienzo, Draco no sintió nada en particular pero sí se percató de que lo rodeaba una impermutable oscuridad. Instantes después, sin embargo, sí sintió algo: una estocada de frío que se disipó rápidamente. Antes de que pudiera darse cuenta de qué era lo que estaba ocurriendo, la oscuridad se desvaneció y la vista del muchacho se cegó por un fragmento de segundo.
Tras pestañar unas cuantas veces, pudo ver con claridad que estaba mirando al cielo y el Sol estaba más brillante que nunca.
Su cuerpo estaba recostado sobre el húmedo y crecido césped de lo que, a primera vista, era un extenso y desierto jardín.
Se puso de pie y echó un vistazo a los alrededores: césped, algunos árboles aislados y aún más césped.
Recordaba lo que había pasado pero no lograba entender porqué se había comportado así. Había sido ingenuo e incauto, y ahora no tenía idea de dónde se encontraba. Eso no era lo peor… No, lo peor era que no había ningún velo negro a la vista. ¿Cómo regresaría al Ministerio de la Magia?
Dio algunos pasos sin alejarse demasiado y volvió a observar el Sol. Frustrado, se sentó en el césped a pensar.
Momentos más tarde, se escuchó un ruido seco a pocos pasos de él. Se puso de pie y buscó la fuente del ruido.
Sobre el césped y mirando hacia el cielo se encontraba un hombre de cabello largo y oscuro. Draco lo reconoció al instante.
—¿Sirius Black? —preguntó, súbitamente preocupado. Si el imbécil de Potter le había contado cómo era su relación con él (y seguramente lo había hecho-), Black no sería demasiado amigable.
El hombre se puso de pie y, al igual que Draco, miró hacia todas partes, intentando hallar algo… pero sólo había verde y más verde.
—¡Joder! —Black miró a Draco y, apático, agregó—: Podría ser peor.
Draco lo miró indignado. ¿Peor? ‘¿Qué puede ser peor que estar en el medio de la nada con alguien a quien odias y sin saber cómo regresar’— ¿Sabes dónde estamos?
Black lo negó con la cabeza y luego exhaló, lleno de ira—. Si algo les pasa, la mataré —musitó, casi para sí mismo.
Draco no entendió a qué se refería pero no le importó—. ¿Qué hacemos? ¿Cómo regresaremos al Ministerio?
El hombre estaba a punto de decir algo, probablemente sarcástico, pero un estrepitoso sonido le impidió hacerlo.
Jamás en sus quince años de vida, había Draco escuchado semejante sonido. Tal fue su magnitud que hasta Black se vio obligado a cubrirse los oídos.
El ruido cesó de manera repentina pero Draco continuó alarmado. Su sensación de sobresalto se vio exacerbada cuando vio el rostro del hombre, que miraba algo que se encontraba tras sus espaldas. Demasiado asustado como para darse la vuelta, Draco preguntó—: ¿Qué?
—¡Corre!
Entonces Draco sí se dio vuelta.
¿Que el Colacuerno Húngaro era peligroso? ¡Ja! Se notaba que los idiotas que decían eso jamás habían visto lo que él estaba viendo.
A Draco lo agradaban los dragones; es más, los amaba… Pero los amaba en miniatura y sobre los muebles de su habitación, no en tamaño real e intentando incinerarlo vivo.
Tan paralizado por el miedo estaba que fue Black quien tuvo que aferrarlo de un brazo para obligarlo a moverse.
En cuanto empezaron a correr por la pradera, con el suave viento acariciando sus rostros, el enorme dragón los vio y les arrojó una ardiente llamarada como motivo de bienvenida a lo que parecía ser su territorio personal. Justo a tiempo, lograron escudarse con una roca que, Draco pensó, no había estado allí hacía unos momentos. Cuando uno tenía mucho miedo o estaba muy enojado, cosas inesperadas sucedían. Draco dio gracias por haber estado tan asustado que sin necesidad de usar su varita, había hecho aparecer una roca. ¿O tal vez había sido Black? ¿Qué importaba? Ahora lo fundamental era deshacerse de ese dragón.
—Nos verá en algún momento —susurró Black.
Y eso lo dio a Draco una idea: ellos no tenían porqué continuar visibles—. Acércate —le dijo al hombre, a la vez que buscaba la Capa de Invisibilidad en su bolsillo. Observando por la enojada mirada de Black, que seguramente había reconocido la tela, restauró la capa a su tamaño real y luego la colocó sobre ambos.
Se mantuvieron invisibles e inmóviles hasta que vieron al dragón volar hacia… ¿abajo? ‘Ah,’ pensó Draco. Estaban en una colina o algo similar.
Con un suspiro, volvió a achicar la capa para guardarla en su bolsillo.
—Mierda —farfulló Black y Draco pensó que era una perfecta manifestación verbal de lo que pasaba por su mente en ese momento—. ¿Viste su pecho?
Draco le dirigió una mirada incrédula—. ¿Bromeas? El fuego, sus garras y las púas me tenían más preocupado.
—Es Bealux —sentenció Black—. Estamos en la Colina de Bealux.
Qué ingenuo que había sido Draco al creer que sería imposible estar más asustado. Si estar en el medio de la nada con un poco amigable dragón era malo, estar en esa colina mil años en el pasado era mucho peor.
No había nadie en el mundo mágico (con la excepción, tal vez, del idiota de Potter) que no conociera la leyenda de Bealux, el Dragón con Pecho de Acero.
En el siglo veinte ya nadie creía que Bealux hubiese existido de verdad y su legendaria maldad no era más que un mito. El mundo mágico no contaba con muchas leyendas porque, a diferencia de los Muggles, los magos sí conocían con certeza la existencia de cientos de criaturas y acontecimientos mágicos.
Aún así, había cuatro leyendas primordiales y todo padre había asustado a sus hijos con ellas en alguna ocasión.
La más conocida de todas era la de la Muerte y sus Reliquias. Por supuesto, no había nadie que de verdad la creyera verídica, pues era una ridiculez, pero todos habían oído hablar sobre ella; todo niño en algún momento había tenido una copia de Los Cuentos de Beedle, el Bardo.
Otras leyendas famosas hasta para los Muggles eran la del Conde Drácula y la del lugar mundanamente conocido como El País de Nunca Jamás. Nunca ningún mago había podido confirmar que la irlandesa Mag Mell, una tierra donde nadie envejecía, hubiese existido en verdad.
Y, por supuesto, parecía ser que el Conde Drácula era sólo un mito basado en el Conde Vlad Drakul y su hijo, Vlad, el Empalador. Y lo que lo hacía aún más mito era el hecho de que se sabía que los vampiros eran originarios de Kemel.
Había algunas otras leyendas menores pero no eran tan conocidas, tal vez porque tenían más posibilidades de ser reales y eso las convertía en Historia. La fantasía siempre había resultado más interesante que lo tautológico.
Y claro, también estaba la leyenda de Bealux, el Dragón de Pecho de Acero. Ahora, sin embargo, el ‘érase una vez’ carecía de sentido.
Los libros decían que Bealux vivía en una cueva, cerca de una colina en el sur de, por esa época, Britania. La colina era mágica y cada vez que llovía, antes de tocar la superficie, las gotas se convertían en perlas. Bealux las recolectaba y atesoraba en su cueva.
Nadie podía acercarse a la colina, pues si lo hacía, el dragón desataba su ira no sólo contra esa persona, sino contra todos los habitantes del pueblo aledaño.
En teoría, un noble caballero había derrotado a Bealux, atravesando su pecho con una espada mágica. Muchas personas lo habían intentado antes que él pero el impenetrable pecho de acero los había derrotado.
No obstante, la espada de ese caballero sí había podido con el dragón.
Como no podía ser de otra manera, con el pasar de los años, la hazaña había sido atribuida al valiente y heroico Godric Gryffindor.
Esa era una de las razones por las cuales este mito nunca le había agradado a Draco. ‘Gryffindor hizo esto, Gyrffindor hizo lo otro. Gryffindor es Merlín. Gryffindor es Dios. Gryffindor, Gryffindor, Gryffindor.’
Siempre todo era sobre ese maldito Gryffindor.
—Tenemos que irnos antes de que regrese —dijo la voz de Black, interrumpiendo sus pensamientos.
—Sí, es verdad.
En circunstancias así, lo mejor que podían hacer era intentar ponerse de acuerdo. Odiarse y pelear no los llevaría a ninguna parte.
Caminaron durante unos minutos, hasta que Draco no pudo contenerse más y soltó, un poco incómodo—: ¿Realmente crees que estamos en el pasado? Tal vez es otro dragón.
—Sólo hay una manera de averiguarlo. Tenemos que encontrar gente.
La voz de Black era fría y cortante como el hielo pero su lenguaje corporal era distinto: nervioso y agitado. De vez en cuando murmuraba cosas que Draco no podía comprender pero suponía que estaban relacionadas con Potter y lo que ocurría… u ocurriría tras mil años, en ese mismo lugar, en el futuro Ministerio de la Magia.
El Ministerio… ¿Estaría bien su padre? Seguramente, sí. No estaba solo y esos inútiles de la Orden no podrían hacer mucho. Además, a Potter lo había alcanzado un hechizo. ¿Qué tan difícil podía ser capturarlo?
Quiso sonreír al pensar en los Mortífagos capturando a Potter pero no pudo evitar recordar que el chico había intentando salvarlo en la sala del velo. Y, antes, incluso lo había sacado de la sala de las dimensiones. Tranquilamente podría haberlo dejado ahí y cerrado la puerta… pero no lo había hecho.
A Draco se le hizo un nudo en la garganta.
—Ahí —dijo Black, señalando lo que parecía ser una escalinata de piedra.
Descendieron lentamente hasta llegar a una calle de tierra y sintieron que la temperatura había comenzado a descender. No muy lejos de allí podía vislumbrarse un poblado y aún más alejado, un castillo. Caminaron hasta llegar al poblado, conscientes de que todos los observaban, curiosos. Sus atuendos llamaban la atención pero no demasiado porque, según tenía entendido Draco, los ricos se vestían de manera similar a los magos actuales. Era por eso que saltaba a la vista que no eran simples lugareños, ya que ellos vestían paños sucios de colores opacos. Draco frunció la nariz ante semejantes niveles de falta de higiene.
Dieron unos cuantos pasos más hacia delante y una mujer que cargaba barriles de agua los miró confundida y susurró algo que Draco no logró oír.
El lugar era tal cual describían los libros: sucio y triste a la vista pero si se prestaba atención, era evidente que a la mayoría de la gente pobre no le molestaba tanto serlo. De hecho, un grupo de campesinos pasó cantando a su lado. Hasta donde Draco pude oír, las letras eran lascivas y escandalosas.
Black lucía con ganas de ponerse a cantar con los pueblerinos y Draco puso los ojos en blanco. Black era un sangrepura y había recibido la misma educación que Narcisa. ¿Qué habría dicho Walburga de saber que su hijo tenía alma de campesino medieval, poco refinado y pervertido?
El grupo se alejó con sus cánticos y bromas, y tanto Draco como Black continuaron recorriendo los caminos de tierra irregulares que conectaban el poblado. Pasaron al lado de un herrero, dos carpinteros, decenas de vendedores, y Draco se sorprendió al notar que no había visto ni una sola persona rubia. ¿Y si lo mandaban a la hoguera por ser más lindo que ellos?
Dejando ese pensamiento a un lado, se alegró por haber llegado a una zona levemente más pulcra y supuso que había encontrado una Iglesia. Vio llegar a un hombre, aparentemente importante, acompañado por cuatro personas. Sería cura, monje o algo así, sin lugar a dudas, pensó. E hombre importante ingresó a la edificación y Draco tuvo el impulso de seguirlo. Quería saber si era verdad que los monasterios, las abadías y los conventos realmente eran tan descontrolados como contaban los textos.
Ya ninguno de los dos dudaba de la época en la que se encontraban. Si la gente vestía como en la Edad Media, el lugar lucía medieval y Bealux había intentado matarlos, entonces no había error: estaban mil años en el pasado.
Avanzaron un poco más y se toparon con una pequeña cantina. Tras unos instantes de duda, entraron.
—Hola —saludó Black al tabernero—. ¿Puede decirme cómo llegar a Hogwarts?
El hombre lo miró de arriba abajo, con desconcierto—. ¿Qué es un Hogwarts?
‘Maldición’, pensó Draco y supuso que Black estaba pensando lo mismo.
Se acercaron el uno al otro y empezaron a hablar en voz baja.
—Pero hace mil años, Hogwarts ya existía —comentó Draco, un poco asustado por la manera en que un hombre gordo y barbudo lo estaba mirando. ¿Acaso lucía como un postre? Se acercó más a Black, por las dudas.
—Ya sé pero míralo —le respondió Black, inclinando su cabeza hacia el cantinero—. Es Muggle. Todos son Muggles.
—Fantástico. ¿Crees que son Muggles inofensivos o Muggles que intentarán quemarnos vivos? —En ese momento, Draco realmente lamentaba no haber aprendido el hechizo de las cosquillas.
—No sé —dijo Black, entredientes—. Mejor nos vamos.
Draco asintió y, aún muy cerca de Black, comenzó a caminar hacia la salida. No sólo estaba rodeado de Muggles, sino que también estaba con un hombre mayor. Si no lo quemaban por mago, lo iban a quemar por parecer homosexual. Y según tenía entendido, los homosexuales la habían pasado bastante mal, también. Bueno, ya lo tenía planeado, si alguien lo acusaba de gay por susurrar con un hombre sospechoso en una taberna, los hechizaría a todos y luego… ¡Claro! ¡Hechizarlos!
—Soy menor de edad. Si hago magia, alguien vendrá por mí, ¿verdad?
—Si haces magia, espero que nos encontremos con Wendelin porque nunca aprendí el hechizo de las cosquillas.
Genial. Estaban perdidos.
Salieron de la cantina disimuladamente pero, aún así, todos los miraban curiosos.
Una vez al aire libre, se alejaron lo más posible del resto de la gente y se sentaron contra una pared.
Black se observaba las manos y tenía el ceño fruncido—. Estamos en el pasado, así que, cuando encontremos la manera de regresar, podremos llegar antes de que empiece la pelea.
Por la manera en que Black dijo eso, Draco interpretó que algo le había pasado a Potter o alguno de ellos—. ¿Mi padre está bien?
—No —contestó Black, sin un gramo de tacto o tristeza—. Uno de los suyos estaba por atacar a Tonks pero tu padre se cruzó por el medio para alejarte del velo y el hechizo le pegó a él. No sé si murió o no.
Entonces por eso había gritado su padre. No sólo lo había perdido a él sino que también, quizás, había muerto por su culpa. Draco quería llorar; realmente quería hacerlo, pero se sentía incapaz—. Tienes razón, cuando encontremos la manera de volver, podremos regresar antes.
Ahora ya no importaba de qué bando estaba cada uno en el futuro. En el pasado, su presente, debían ser aliados o, de lo contrario, jamás saldrían de allí.
—Tenemos que llegar a Hogwarts —. Estaba haciendo su mayor esfuerzo por no pensar en su padre y lo que tal vez le había pasado y cada vez que fallaba, se decía a sí mismo que volvería antes del hechizo y lo salvaría. Sí, eso haría. Todo saldría bien. Más tranquilo, agregó—: ¿Crees que ya existen los giratiempos?
—No lo sé. Los Inefables los crearon.
—¿Y cuánto hace que existen los Inefables?
—No sé.
Perfecto. Ninguno sabía nada. Por una vez, Draco deseó ver a Granger. Es más, deseó tener una Granger en miniatura en el bolsillo para que le dijera todas las respuestas—. Pero si llegamos a Hogwarts, alguien podrá ayudarnos. ¿Rowena Ravenclaw, capaz?
Black se encogió de hombros.
—Pero tiene que haber más magos aquí. Hogwarts no es el único lugar mágico con mil años. Y… —molesto por lo que iba a decir, continuó— si los rumores son ciertos, fue Gryffindor quien derrotó a Bealux. Eso quiere decir que Gryffindor vendrá.
—No sabemos cuándo. Y no se sabe si fue Gryffindor.
—No sabes nada —farfulló Draco, frustrado—. Eres un inútil. Se supone que tú eres el que tiene que estar planeando cómo salir de aquí. ¡Eres más viejo que yo! ¡Haz algo, Black!
Y entonces, Black salió de su semi-trance y reaccionó—: No me digas qué hacer, Malfoy. Lo único que haces es quejarte y preguntarme cosas. ¿Me ves cara de diccionario?
Los dos se cruzaron de brazos, enfadados.
—Tengo hambre —dijo Draco y pensó que tendría que haber comido los dulces de Weasley. Sí, se habría intoxicado un poco pero al menos estaría en Hogwarts en su época. No sabía cómo pero seguramente todo era culpa de Potter.
—Come pasto.
Al rato, Black volvió a hablar—. ¿Sabes Aparecer?
—No. Y ni lo intentes, no existe la Aparición todavía.
El hombre hizo una mueca disgustada—. ¿Cómo sabes?
—Lo leí. El hechizo se inventó en el siglo catorce.
—Pero yo sé el hechizo, no necesito que nadie lo invente.
—Pero no creo que lo puedas usar si los lugares no permiten la Aparición.
—¿Y cómo van a no permitirla si no existe?
Se quedaron en silencio, mirándose confundidos. Draco se percató de que Black también tenía ojos grises—. Bueno, entonces inténtalo y que te quemen en la hoguera. Espero que no tengas manchas de nacimiento.
Black liberó un sonido parecido a un gruñido—. Entonces, pensemos. Estamos en el año mil, aproximadamente, en… ¿cómo se llama Londres ahora?
—¿Londinium? No, creo que ya no se llama así. No sé. ¿A quién le importa?
—Bueno, Londres medieval. Y estamos aquí porque atravesamos el velo. ¿Sabes algo sobre ese velo?
—Me dijo que me haría inmortal pero es un mentiroso; por ahora sólo me hizo hambriento y casi quemado por un dragón —. Los ojos de Draco se abrieron de manera súbita—. ¡Dragón! Esas personas no pueden ser Muggles. ¿Cómo van a ser Muggles si viven en la ciudad de Bealux?
Black lo pensó durante un momento—. Estamos en la Edad Media. Ahora la gente cree en la Tarasca y en la magia, también, claro.
—Pero si son todos Muggles, ¿cómo no están muertos? ¿Cómo puede ser que Bealux no los haya matado a todos? Con magia es difícil enfrentar a un dragón, imagínate sin ella. Y ahora ni siquiera tienen atremalladoras.
—Ametralladoras.
—Lo que sea. ¿Cómo pelean con el dragón? Piénsalo. Ni siquiera nosotros, con magia, sabemos cómo derrotarlo. Bueno, sí, con una espada que pueda atravesarle el pecho pero no tenemos una espada así.
—Capaz si supiéramos más sobre él, encontraríamos otra forma de matarlo… —balbuceó Black, mirando hacia el cielo, como si el dragón lo estuviese sobrevolando.
—Pero sabemos bastante. Es un dragón, así que le atraen las perlas, las joyas, las luces. Muchos dragones tienen la fuente de poder en una perla y otros, en el pecho como Bealux pero ya sabemos que su pecho es impenetrable sin esa espada… ¿Ves? No podemos hacer nada contra él y somos magos. No puede ser que los Muggles se defiendan solos. Tiene que haber algún mago aquí que los esté protegiendo, algún Potter medieval que se arriesgue por todos y salve el día.
—O tal vez no es éste el pueblo que ataca Bealux cuando se enoja.
—No hay otro pueblo a la vista.
Black lo miró de manera indescifrable—. El Callejón Diagon tampoco está a la vista.
—Pero es imposible que estos Muggles no vean a Bealux y que él no los vea a ellos. Además, la leyenda dice que cuando alguien se acercaba a la colina o a la cueva, Bealux atacaba.
—¿Y cómo piensas que esa leyenda llegó a los libros mágicos si quienes la contaba eran Muggles?
—Quizás por eso es leyenda, en vez de historia…
Volvieron a sumergirse en silencio por un rato. Vieron pasar a un flautista vagabundo y Draco pensó que en unos días, él se vería así de mal. Y recién habría violines después de varios siglos. Entonces no podría vivir ni siquiera de la música. Estaría sucio, con hambre, Mugglelizado y no tan feliz como los idiotas plebeyos. Entró en pánico—. ¡Haz algo! —exigió, enfadado—. Eres inservible y no me alimentas.
—Cállate —le respondido Black—. Tenemos que ir a la cueva. Ahí debe estar la entrada al pueblo mágico.
Y tan rápido como le había llegado el hambre, éste se fue—. Estás más loco que Potter —se lamentó el joven—. Tengo hambre, estoy sentado sobre tierra, no sé qué pasó con mi padre y es posible que me envíen a la hoguera… o peor, al cepo para que me arrojen frutas y verduras. ¿No crees que es suficiente? No puedes pretender que lidie con tus aires de grandeza. Si quieres ir a la estúpida cueva para que el dragón te mate, ve tú solo.
—Está bien —le contestó Black, poniéndose de pie.
—¿Está bien? —inquirió Draco, con el ceño fruncido.
Black asintió, muy sonriente—. Sí, está bien. Es más, perfecto. Ya no tendré que soportarte. Yo iré a la cueva y me salvaré. Tú te quedarás aquí, solo, hasta que te mueras de hambre o te quemen. Adiós.
El hombre comenzó a caminar en dirección a la colina.
Draco se mordió el labio inferior. Bien, si el idiota de Black quería irse, a él no tenía que molestarle. Así estaría más tranquilo y sólo tendría que aguardar a la llegada del caballero que derrotaría a Bealux. Esa persona sabría cómo llegar a Hogwarts.
Pero pasaron los segundos y Draco no pudo cesar de preguntarse cuánto tiempo tardaría Gryffindor, o quien fuese, en llegar para matar al dragón.
Con aplomo, se puso de pie e, intentando no perder demasiada dignidad por el camino, corrió tras Black.
Cuando lo alcanzó, cansado por el ejercicio y con el orgullo herido, alzó el mentón más que nunca y dijo—: Eres torpe e inútil, así que necesitarás mi ayuda.
—Puedo defenderme solo —replicó Black, evidentemente irritado—. Sólo serás una molestia. ¿Por qué no vuelves por donde viniste, Ricitos de Oro?
Draco entornó los ojos, escandalizado—. Vinimos por el mismo lugar. Ahora, Señor Puedo Defenderme Solo, si eres tan autosuficiente y puedes defenderte, ¿qué haces aquí? ¿Decidiste tomar vacaciones tras el velo? —Black no respondió—. Ajá. Lo sabía. Alguien te tiró o te caíste. ¿Ves? Eres un inútil.
—Al menos no le hice caso a una voz para ser inmortal. Tienes el intelecto de un niño de siete años, Malfoy.
—Y tú, el de un animal.
—Posiblemente.
Draco hizo una mueca. ¿Posiblemente? ¿Qué clase de respuesta era esa? Potter, al menos, era más original a la hora de discutir—. Bueno, ya deja de iniciar discusiones, ex convicto. ¿Cuál es tu maravilloso plan?
Ya se habían alejado del poblado y estaba empezando a hacer calor otra vez. Draco no estaba acostumbrado a semejantes temperaturas—. ¿Y bien? ¿Cuál es? ¿Qué tramas?
—No tenía un plan… pero gracias a ti, ya pensé uno. Te ataré en la cueva y mientras Bealux esté distraído matándote, yo buscaré alguna entrada al pueblo mágico.
Sabía que Black no hablaba en serio, pero aún así, la pequeña broma lo forzó a recordar que el hombre había escapado de Azkaban sin la ayuda de nadie y que aunque todo el Ministerio de la Magia lo estuviese buscando, nadie había logrado atraparlo. Ni mencionar que su madre le había dicho muchas veces que su primo siempre había sido un alumno brillante en Hogwarts.
Entonces, a pesar de que la situación era complicada y sólo podía contar con la ayuda de un Gryffindor psicópata, Draco sintió esperanzas y se obligó a pensar en alternativas.
Edad Media con Ron Weasley: Weasley asesinado por él. Él, preso por asesino.
Edad Media con Hermione Granger: Granger pensaría un plan para escapar pero sería tan intolerable tener que escucharla, que la acusaría de ser bruja y la matarían. Él, perdido en la Edad Media por siempre, por no haber escuchado el plan.
Edad Media con Harry Potter:… Por alguna extraña razón, parecía ser una buena posibilidad. Sí, por supuesto que no sería sencillo pero el imbécil de Potter tenía una capacidad innata para sobrevivir situaciones como esa.
Draco hasta ya podía ver todo en su mente: Potter iría a Camelot y el Rey Arturo le prestaría su Excalibur. Potter regresaría a Londres y mataría a Bealux, quedándose con toda la gloria. Y no sólo eso… Potter iría a Escocia y fundaría Hogwarts, lo que lo convertiría en Godric Gryffindor. Y tras eso descubriría, de alguna manera muy idiota, cómo regresar al presente. Volvería a su época triunfalmente y Dumbledore lo llenaría de puntos para que su estúpida casa ganara la Copa.
Maldito Potter.
No. Estar perdido con Black era infinitamente mejor.
Llegaron a la escalinata de piedra, avanzando con precaución, pero Bealux no se encontraba en las cercanías.
A algunos metros de allí, se podía ver la entrada de una cueva. Justo cuando Black estaba a punto de decir algo, se escuchó un potente ruido proveniente de la oscura caverna. Bealux estaba dentro.
—Esto es lo que haremos —le dijo Black, susurrando, a la vez que ambos se ocultaban tras una roca—. Te pondrás la capa de James y conjurarás un Patronus.
La referencia a ‘James’ descolocó un poco a Draco pero fue la parte del Patronus la que lo incomodó sobremanera—. ¿Para qué?
—Los Patronus son brillantes y dijiste que eso atrae a los dragones. Haz que tu Patronus suba la colina, así Bealux lo sigue. Yo, mientras tanto, revisaré la cueva.
Draco posó la mirada en sus zapatos y sintió que su rostro estaba en llamas—. La verdad es que… Verás… Yo… ¡No me gusta tu plan, Black!
El hombre lo miró, exasperado—. No te pregunté si te gustaba. Sólo hazlo.
—No puedo —susurró Draco, tan suavemente que Black tuvo que inclinarse hacia a él y pedirle que lo dijese de nuevo—. Dije que no puedo.
—¿Por qué no? ¿Alérgico a ser valiente?
—No, es sólo que… yo… no sé… conjurar un… un… Patronus —finalizó el muchacho, mortalmente avergonzado—. Porque es un hechizo demasiado sencillo y a mí me interesa la magia más avanzada, claro —añadió, con rapidez.
—Claro —repitió Black, sardónicamente—. El pequeño Draquito no puede conjurar un Patronuscito —se burló, de manera descarada—. ¿Qué diría tu tía Bellatrix? Seguramente estará muy desilusionada cuando se entere.
—A no ser que pienses otra solución, nunca se enterará porque estaremos aquí por siempre.
—O hasta que te mate el dragón —lo corrigió el hombre—. Está bien. Entonces… ¿Eres bueno transfigurando?
—Por supuesto. Soy el mejor de la clase —anunció Draco, orgulloso, con aire de superado.
—¿Mejor que Hermione? —le preguntó Black, desconfiado.
Draco hizo una mueca de disgusto—. El mejor sangrepura de la clase. Los demás no cuentan. ¿Qué tengo que transfigurar?
—Piedras en joyas.
El muchacho lo miró, con una ceja levantada—. ¿Hago eso antes o después de crear la Piedra Filosofal? —inquirió, con sarcasmo—. ¿Eres idiota? No se puede transfigurar piedras en joyas.
—Ya lo sé, genio. No tienen que ser reales, sólo tienen que parecerlo. ¿Entiendes?
—Está bien. ¿Y tú cómo entrarás a la cueva? Si Bealux vuelve y yo tengo la capa, te verá.
—Bealux sólo mata humanos —fue la críptica respuesta del hombre.
—Tú pareces humano… la mayoría del tiempo.
Black no le respondió y, asegurándose de que el dragón no hubiese salido de su guarida, se puso de pie.
Draco, entonces, tomando aire, se dijo a sí mismo que no tenía opción. Si quería volver a casa, tendría que confiar en que el estúpido plan de Black funcionaría.
Tomó su varita y murmuró ‘Transforagdus’, apuntando a una piedra. Entornó los ojos. No había funcionado.
Se esforzó por recordar aquella vez en que su padre había descubierto que alguien quería venderle una esmeralda falsa. Lucius había dicho muy claramente “Esto es un burdo… ¿Smatrans?” No. ¿Burdo Smaragdusmuto? ¿Transdugtio? ¿Mutosmarg? ¿Mutoragdus?... ¡Mutogdus! Sí, eso era.
—Guarda la varita —dijo Black, con voz firme, a sus espaldas.
—No necesito tu ayuda. Yo puedo hacerlo. ¡Mutogdus!
En ese preciso instante, Draco pudo ver que un grupo de hombres se acercaba a caballo y, para su desgracia, parecían ser guardias… que acababan de ver luces verdes provenir de su varita para transformar una piedra en lo que aparentaba ser una preciosa esmeralda.
—Por mandato del Rey, ordenamos que se detengan —soltó uno de los hombres, con tono autoritario y alzando su espada.
Continuaban acercándose, mientras Black le quitaba la varita a Draco y la arrojaba al suelo—. La capa. Ahora —le susurró el hombre.
Draco comprendió instantáneamente y arrojó la capa de invisibilidad al suelo, cubriendo su varita, que ahora estaba acompañada por la de Black.
Podía escuchar que uno de los hombres del Rey le decía que no hiciera nada, pero la voz se volvía cada vez más inaudible. Probablemente, el miedo que sentía en ese momento le había nublado más de un sentido.
Los hombres se bajaron de sus caballos. Dos guardias llegaron a su lado, lo aferraron con fuerza y le encadenaron las muñecas. Otros tres guardias estaban intentando sujetar a Black. Y dos más, observaban el suelo, con mirada recelosa. Los habían visto arrojar algo pero no lograban ver nada fuera de lo común, exceptuando la esmeralda, que ya se encontraba en manos del líder del grupo.
A todo eso, ¿dónde demonios estaba Bealux?, se preguntó Draco, deseando no tener que cruzarse con la respuesta.
Comenzaron a caminar en dirección al pueblo, con los hombres rodeándolos con sus caballos. A la cabeza del cortejo iba el guardia que tenía la falsa esmeralda.
—En serio. Yo no soy brujo —decía Draco, una y otra vez, pero todos lo ignoraban—. Pero él sí lo es —agregó en esta oportunidad, refiriéndose a Black—. Ha estado preso y es peligroso. Yo soy inocente… una víctima de este malvado hechicero.
A su lado, Black le lanzaba dagas con la mirada, pero se mantenía callado.
Las órdenes del guardia para que hiciera silencio, a Draco no le hacían demasiado efecto, realmente—. Les ordeno que me liberen, Muggles trogloditas. ¡Suéltenme! —No sabía en qué momento se le había cruzado por la mente que sería una buena idea insultar a los soldados del Rey, pero velozmente, el muchacho se arrepintió de haberlo pensado—. No, no quise decir eso. Es sólo que no entienden. Yo soy una persona muy rica e importante. Si me encarcelan, mi padre tomará represalias.
—Ya cállate, idiota. Harás que nos maten —terció Black, entredientes.
Llegaron, una vez más, al pueblo y recibieron insultos y frutas podridas, para desdicha de Draco, quien les advertía a los aldeanos que se vengaría y que no podían culparlo por vestir mejor que ellos.
Cuando por fin alcanzaron los portones del castillo, el Slytherin agradeció internamente el cambio de escenario, pero también sintió que se le encogía el estómago de sólo pensar en lo que ocurriría a continuación. Si no tenía suerte, lo matarían sin reparos, sin siquiera un juicio; y si sí tenía suerte, lo llevarían a juicio… para encontrarlo culpable y matarlo.
La Edad Media siempre le había fascinado pero ahora la aborrecía profundamente y deseaba erradicarla de la historia de la humanidad.
Tres guardias delante de ellos y tres caminando detrás. Qué humillante. Pocas veces en su vida, habían sus pálidas mejillas adquirido tanto color como en este momento. ¿Qué habría dicho su padre de haberlo visto en este deplorable estado? Estaba cubierto de desperdicios, encadenado y ruborizado, y nada más y nada menos, que en la compañía de Sirius Black, el idiota que tenía al lado y que ni siquiera se esforzaba por escapar. Pedazo de inútil…
Avanzaron un poco más y Draco se sintió seguro de que irían a enfrentar la decisión del Rey y su Corte Real, pero estaba equivocado. No fueron a un salón amplio y lujoso, sino a un calabozo sucio y asqueroso. Lo obligaron a desvestirse y él, por supuesto, se negó rotundamente… hasta que vio que alguien se acercaba con un objeto puntiagudo, que lucía sospechosamente peligroso. Entonces, se desvistió lo más rápido que pudo, quedándose en ropa interior, frente a esos horribles hombres que lo miraban con disgusto. La Edad Media realmente era extraña. ¿Quién, en su sano juicio, podía verlo casi desnudo y pensar que lucía desagradable? Qué época tan bizarra.
Un viejo muy despeinado con terrible dentadura y peor aliento, se acercó a él y le observó los brazos. Con la punta de una varilla metálica, le tocó los hombros. Draco siempre, siempre había odiado las pequeñas pecas que tenía en los hombros. Sabía que eran casi imperceptibles y que sólo se debían a que su piel era demasiado blanca pero el viejo medieval feo sonrió al verlas.
A continuación, posó su mirada en las manos del muchacho y le quitó el anillo de plata que tenía en el dedo anular de la mano derecha.
—¡Hey! Eso es mío, anciano cleptómano —se quejó Draco, intentado recuperar su anillo, ya que si volvía al presente sin él, su padre lo mataría.
El viejo se acercó a dos de los otros hombres que estaban en la habitación y se comunicó con ellos en susurros, siempre señalando la sortija con la mirada.
Sólo era una serpiente… que se movía, de vez en cuando. Las sortijas de los Muggles también tenían figuras en movimiento… ¿no?
Antes de que pudiese explicarse, los guardias lo aferraron, haciéndole daño y lo arrojaron al interior de un calabozo.
Inmediatamente, se acercaron a Black y se dispusieron a repetir el proceso. El hombre no había comenzado a desvestirse, cuando el anciano le miró las manos. Black ni siquiera se mostró preocupado cuando el viejo feo vio que tenía una pequeña runa tatuada.
—Es bastante reciente. Es nórdica y significa ‘Soy Malo’ —le contó Black al anciano—. ¿Quiere una igual?... La hice con magia muy oscura y poderosa.
Entonces, también arrojaron a Black al calabozo, sin necesidad de inspeccionar su cuerpo. Black sonrió y miró a Draco—. No quería desvestirme. Soy un poco tímido.
Draco hizo una mueca. Black parecía cualquier cosa menos tímido pero tenía que darle algo de crédito por asustar al viejo con ese asunto de la runa malvada.
—¿Y ahora qué haremos? —le preguntó, una vez que se fueron todos y quedaron solos en el calabozo, con dos guardias vigilando la entrada de las mazmorras—. ¿Oíste lo que murmuraron antes de irse? Nos quemarán mañana a la mañana. ¡Mañana! ¿Qué haremos? ¿Ya tienes un plan? ¿Cuál es?
—El plan es dormir. Acuéstate.
El rubio levantó una ceja—. ¿Qué? ¿Ese es tu plan? ¿No piensas hacer nada para salir de aquí?
—No. Acuéstate.
Se recostaron sobre la tierra y la paja de la celda, y Draco llegó una rápida conclusión: era preferible que lo mataran, a tener que continuar prisionero durante más tiempo. De hecho, hasta sintió ganas de hacer que aceleraran los trámites para matarlo antes. De ninguna manera podría conciliar el sueño con semejante ausencia de almohadas mullidas.
Varias horas más tarde, Draco se despertó con los gritos de los guardias.
—¡¿Dónde está?! —bramó una persona con voz grave y autoritaria.
—No lo vimos salir, señor —respondió otra persona.
Draco se llevó una mano a la boca y bostezó. Pestañó varias veces y se sentó sobre el frío piso. ¿Por qué estaba todo el mundo gritando?—¿Sabes qué pasa? —le preguntó a Black… pero Black no estaba en la celda.
—¡Es obra de la hechicería! —gritó alguien—. ¿De qué otra manera pudo haber escapado?
¿Escapado? ¡¿Escapado?! Black. Maldito Black. ¡Se había escapado sin él! ¿Y el valor Gryffindoriano dónde estaba? ¡¿Dónde?! El maldito se había salvado y lo había dejado abandonado, para que lo quemaran. Seguramente Black ya estaría en la versión medieval de las Islas Canarias, tomando sol, mientras él se moría lentamente. Si llegaba a morir, volvería como un fantasma y lo atormentaría durante el resto de su vida. Maldito. Maldito. Maldito.
—Será mejor que lo hagamos rápido. No queremos que también se vaya.
¿Qué? ¿Hacer qué rápido? No… No podía terminar así. Alguien tenía que salvarlo. ¿Dónde estaba Potter cuando se lo necesitaba?
Un guardia abrió la celda y le encadenó manos y pies. Por una vez en su vida, Draco deseó ser alto y gordo como Vincent o Gregory para poder golpear a su opresor.
Un hombre más se acercó y entre los dos, lo condujeron a la puerta de las mazmorras. Subieron la escalera de piedra con lentitud y Draco sintió que esos dos guardias que estaban cerca y los demás que los seguían de lejos, le temían. Le temían mucho.
—Si no me sueltan ahora, haré un encantamiento y mataré a todas sus familias.
Los guardias comenzaron a caminar más rápido y, a toda prisa, llegaron a las puertas del castillo. Uno de los guardias salió al exterior y regresó casi una hora después. Draco ya estaba demasiado preocupado como para continuar amenazando gente.
Se abrieron las colosales puertas de la edificación y Draco se asombró al ver que el exterior estaba repleto de aldeanos. Lo iban a quemar frente al castillo. Rey sádico…
En el medio de la congregación de pueblerinos se encontraba la famosa hoguera, lista para arder en llamas junto a él. A la vez que lo ataban a ella, no sin que él se resistiese, el Rey salió al balcón a presenciar el espectáculo.
¿Por qué el velo no lo había llevado a Camelot? El Rey Arturo jamás habría permitido esta atrocidad. Él era lindo y apreciaba a la gente linda como él. Además, no le molestaba la magia, claro.
—¿Tus últimas palabras, hechicero? —le preguntó un guardia, con una antorcha encendida en las manos.
—Sí, quiero preguntar algo. ¿Alguien conoce el hechizo de las cosquillas? —Nadie le respondió—. Sí, eso temía. Bueno, entonces, supongo que diré… ¡Socorro! Soy muy lindo para morir tan joven.
El Rey ignoró sus palabras y comenzó a hablar—. Este hechicero ha conspirado contra la paz de nuestra tierra y por ello, morirá —anunció a su gente, con voz potente y audible—. Nuestras leyes dictaminan que aquél que se encuentre culpable de sucumbir ante la pérfida práctica de la hechicería, será condenado a sufrir la pena de muerte. La brujería es un crimen y tiene su precio a pagar.
Draco cerró los ojos, temiendo la palabra que sabía que estaba a punto de escuchar.
—Quémenlo.
No se atrevía a abrir los ojos pero aun así, podía sentir el calor acercándose a su cuerpo. Pronto, en cuestión de segundos, sus piernas estarían en llamas. Y en tan solo minutos, todo su cuerpo ardería… Estúpido velo. Ahora iba a morir, sin poder decirle adiós a su mamá y a su padre. Moriría sucio, hambriento y colérico. A donde fuera que fuese, se aseguraría de vengarse de Black por no haberlo sacado de la celda. Y, de todas formas, ¿cómo se las había ingeniado para escapar? Draco quiso reír ante el absurdo de su pregunta. Black, el escapista. ¿Acaso era sorpresa?
Ya empezaba a sentir verdadero calor. Sus piernas aún no se estaban quemando pero pronto lo estarían. Cosquillas… Cosquillas. De acuerdo. Hora de pensar, Draco. Rictusempra e Incendio… O Rictusempra e Inflamare. Alguna combinación tenía que funcionar y tenía menos de cinco minutos para encontrar la correcta. Y ni siquiera tenía varita pero intentó no pensar en ello. Él era el mago, no la varita. No la necesitaba… ¿Verdad?
—¡Rictucendio!
Continuaba sin reírse.
—¡Rictumare!... ¡Sempramare!... ¡Rictusempracendio!... ¡Anda de una vez, basura!
Estaba a punto de pronunciar una nueva combinación cuando escuchó el grito de dolor de un guardia. Abrió los ojos y vio que un enorme perro negro estaba atacando a los hombres del Rey.
—¡Mátenlo! —gritó un soldado, desenvainando su espada.
El perro le saltó encima con tal fuerza, que el hombre fue derribado.
Y entonces, el fuego se apoderó del pantalón de Draco para rápidamente empezar a quemar su tobillo. Gritó como nunca antes había gritado y así fue que el perro se alejó de los guardias y corrió en dirección a él. Lo único que le faltaba… Morir quemado era una cosa pero morir quemado y descuartizado por un perro rabioso ya era patético.
Pero el perro no lo descuartizó, sino que apoyó sus patas traseras a pocos centímetros del fuego y se paró, apoyando las otras dos patas en la espalda de Draco. El fuego estaba muy cerca de su oscuro pelaje y más soldados se acercaban, pero el perro no abandonó su tarea hasta que de un mordisco final, logró que las sogas que apresaban a Draco se soltaran.
El chico saltó de la estructura de madera, con la pierna derecha muy dolorida. Si bien no ardía en llamas, sentía que la tela del pantalón se había pegado a su piel, fundiéndose con ella. El perro le hizo un gesto extraño con la cabeza y Draco no entendió. Los guardias se estaban acercando. ¿Qué se suponía que iba a hacer?
El perro volvió a mover la cabeza hacia un costado. ¿Qué significaba eso?
Para maravilla de Draco, el perro trazó con sus patas una palabra en la tierra: ‘Sube’.
Draco abrió los ojos, sorprendido. ¿Subirse arriba de un perro?... Los guardias tenían sus espadas en alto pero no avanzaban porque el perro les gruñía ferozmente y, sinceramente, daba bastante miedo.
Bueno, ¿qué diablos? La otra opción era morir a espadazos. Se montó arriba del can y éste empezó a correr con dirección a las puertas del pueblo. Los soldados del Rey, inmediatamente corrieron a sus caballos para seguirlos.
En el tiempo que los hombres habían perdido por ir a buscar sus caballos, el perro ya había avanzando bastante y antes de que los soldados pudiesen verlos, saltó dentro de una carreta vacía. Lo bueno de las ejecuciones era que mantenían ocupada a toda la gente del pueblo, y nadie los había visto. Los caballos pasaron por al lado sin verlos pero Draco decidió que sería mejor aguardar unos minutos antes de huir.
Estaba sumido en sus pensamientos cuando, sin aviso alguno, el perro se movió hacia atrás, bruscamente para quitárselo de encima. Draco se sintió ofendido. ¿Acaso pensaba el perro que estaba gordo?
Seguidamente, el cuerpo del perro comenzó, de cierta manera, a convulsionarse hasta dar lugar a un cuerpo distinto.
A Draco le llevó unos segundos asimilarlo pero no había dudas: el perro era Sirius Black.
TBC… (en breve, de verdad)